Ildaria



Capítulo 1

 Una mañana gris nació junto a ella, entre tierra y paja en el suelo de la vieja cabaña; mientras su padre, Gudesteo, refunfuñando porque su madre, Aldonza, no había sacado a la vaca a pastar antes de parir, empujaba al animal que miraba con curiosidad a la criatura que iba a compartir el reducido espacio familiar.

 Tardaron mucho en ponerle un nombre; la abuela, Fronilde, acariciaba sus rizos castaños mientras murmuraba plegarias entre dientes, Aldonza se afanaba en avivar el fuego para que no pasara frío envuelta como estaba en un trozo de vestido viejo; tras varios meses se decidieron por Ildaria.

 Crecía Ildaria, con fuerza y rapidez, todo lo sana que le era posible entre tanta miseria y hambruna, moviéndose entre las escasas verduras del huerto mientras las recogía Fronilde, o correteando por el piso de la cabaña a grito pelado de Aldonza para que recogiera la paja sucia amontonada junto a la entrada. Ildaria sentía pasión por su abuela, el día frío y húmedo en que las abandonó entre fiebres y tiriteras, lloró durante horas; acababa de cumplir 10 inviernos y Gudesteo empezaba a pensar en un compromiso provechoso para todos.

 Andaba rondando la aldea un mercader, don Jimeno, su edad se acercaba a la Gudesteo, solía observar cerca de la valla mientras Ildaria arreglaba la huerta, la miraba de soslayo si ella descaradamente con las manos en jarras lo increpaba, pero en cuanto volvía a sus tareas no dudaba en clavar sus ojos en sus prietas y jóvenes carnes. Una tarde salió Jimeno al paso de Gudesteo para hablar de matrimonio; en la taberna entre vinos aguados concertaron y estipularon el precio del enlace. Protestó Ildaria, pero con el primer bofetón bajó su arrogante mirada y lloró en silencio su desgracia.

 Enterándose el hijo del Señor de este futuro matrimonio, corrió a su padre para pedir el derecho de pernada; y entre chanzas y bromas se lo concedió para que el joven pudiera humillar a sus futuros vasallos. Llegando el día de la ceremonia, se presento el joven Gonsalvo en el banquete sobre su corcel, escoltado de sus compañeros de armas más avenidos. Todos los comensales callaron, sus voces cantarinas se apagaron y mirándose unos a otros se apenaban de la pobre Ildaria. Mas ella estaba de pie frente al joven sin miedo, porque descubrió algo en su mirada que nadie más fue capaz de ver. Gonsalvo estaba abobado, jamás había visto una faz tan encantadora, unos ojos color miel mas hermosos, ni unos bucles más bellos enmarcando ese rostro que lo miraba sonriente. Bajó del rocín y se planto ante ella, por su cabeza se desplomaba una calor infernal que recorría todo su cuerpo, Ildaria se sentía flotar perdida en el cielo de sus ojos; ambos se admiraban ante la asombrada mirada de los convidados.

 Pasaban los minutos y por fin fue Jimeno el que se atrevió a preguntar, con voz suplicante, a que se debía la visita del joven señor aun sabiéndolo y arriesgándose a la burla de la comitiva visitante. Gonsalvo se acerco al esposo, cruzándole la cara exigió su derecho de prima nocti y sin mediar media palabra más asió a Ildaria por la cintura, la encaramó a la cabalgadura y salió al galope.

 No sentían el traqueteo del animal sobre la tierra, ni las súplicas de los que quedaron atrás, ni las risas de los que escoltaban su huida. No podían dejar de mirarse y sentir el calor de sus cuerpos a través de sus ropas. A donde ir no sabían, pero algo en su interior apremiaba sus ganas de huir de esas tierras...


Capítulo 2

 Llegados a la linde de las tierras, y tras varias horas de cabalgata, pararon cerca de un bosquecillo. Gonsalvo despidió a sus compañeros, invitándoles a volver a casa sin ningún recelo. Solo que le dieran recado a su padre de que no se preocupara pues pasaría toda la noche y parte del día disfrutando de su derecho. Los vieron partir, oyendo sus risas por lo que iba a suceder en breve y por la mente de Ildaria pasaron miles de preguntas sin ningún tipo de explicación, para una muchacha de poco más de 13 años era difícil entender las chanzas de los mayores.

 Una caricia en su mejilla la sacó de su mundo de incógnitas, encontró los ojos de Gonsalvo y se dejo llevar por la oleada de calor que la envolvía.

 Despertó Gonsalvo antes del amanecer, y pensó que sería conveniente tener algo que desayunar, la beso suavemente en la mejilla para no interrumpir sus sueños y partió en busca de alimento. A su vuelta ya el sol calentaba la gélida mañana mas ella seguía envuelta en la capa de lana con la que se resguardaron del frío, se acercó y con delicadeza aparto el cabello de su cara para descubrir como las lágrimas empañaban sus ojos. Pobre niña, entre hipos le explico su resentimiento al pensar que la había abandonado, abrazándola le prometió protección de por vida y le recomendó comer algo. Acto seguido colocó a su lado una bolsa de cuero y abriéndola fue ofreciéndole queso, pan y una cebolla, y un poco de vino con miel en un pellejo.

 Partieron de nuevo ya con el sol sobre sus cabezas, donde irían Ildaria no sabia, pero se hallaba segura en los brazos de Gonsalvo y tras su promesa no sentía ningún temor. Él por su parte pensaba en como no perder todo ni a Ildaria, lo primero era asegurar un lugar para los dos donde no tuvieran ningún problema, luego ya arreglaría lo de su padre, sabía perfectamente que se opondría a esa relación y más sabiendo que la muchacha había contraído matrimonio.

 Cabalgaron buena parte de la mañana y acercándose a un pequeño pueblo pidieron posada para descansar el resto del día.


Capítulo 3

 Tras varios días de viaje, Gonsalvo la dejó en manos de una viuda de confianza, dueña de una posada, para poder volver a su casa y hablar con su padre. Trató por todos los modos de calmar a Ildaria que estaba muy asustada ante la idea de quedarse sola tan lejos de su casa, sola en una posada rodeada de extraños. Gonsalvo partió muy temprano, no sin antes arreglar todo con la viuda, dejó una pequeña bolsa llena de monedas suficientes para pagar los gastos causados en una semana, que es lo que pensaba tardar.

 Iban pasando los días, al tercero Ildaria andaba cabizbaja y asustada, el miedo corrompía su joven alma deseosa del calor de su amado Gonsalvo. La viuda, a la que todos llamaban la Comadre, le daba los cuidados dignos de una señora de los cuales Ildaria no estaba acostumbrada, se sentía extraña. Su cuerpo se le hacia extraño, ansioso de caricias ya lejanas, deseoso de besos ya casi olvidados, todo parecía un sueño del que no podía despertar.

 La Comadre era una mujer de unos treinta años, la vida le arranco a su amado esposo muy pronto, a los pocos años de matrimonio por un enfriamiento mal curado; la desgracia de no haber podido engendrar a un hijo la había marcado mucho y era algo que siempre le dolió. Por suerte pudo levantar la posada sin ayuda de nadie gracias a la venta de las tierras de su difunto marido.

 Andaba la mujer preocupada por la chiquilla llegada hacia tres días; se negaba a comer abajo en el comedor junto a la chimenea, la veía asustada y extrañaba que no la mirara con la nariz alzada como otras damas. Intentó varias veces entablar conversación con la niña, pero la pobre estaba tan asustada que acababa tartamudeante, perdiendo desesperada la mirada a través de la ventana hacia el horizonte, en busca del que ahí la había dejado.


Capítulo 4

 Partió Gonsalvo hacía el oeste en busca de su suerte en la comarca; su mente se llenaba de miles de excusas por su comportamiento, explicaciones interminables para hacer comprender los sentimientos de ambos.

 Tras tres jornadas y media llegó ante su padre, lo esperaba con los ojos inyectados en sangre, rabioso de pensar que su hijo le estaba causando una perdida por un crimen innecesario. Todo fueron gritos y manotazos a los cuales Gonsalvo no respondía por el respeto que debía guardar a su padre, su fuerza era muy superior, pronto sintió como la sangre resbalaba sobre su mejilla y con voz suplicante le pedía que parara, a lo lejos oía la voz de su pobre madre también suplicante, entonces comprendió que iba a matarle.

 Todo se volvió borroso, y ante el apareció la imagen de una niña, estaba de espaldas, llevaba un vestido de lino blanco, la luz del sol se reflejaba sobre su largo cabello suelto y una ligera brisa lo mecía al son de una canción, estiró su mano para asir su brazo pero sin levantar ni un solo píe la chiquilla se alejaba de él, intentaba llamarla, Ildaria, Ildaria, Ildaria...

 Un escalofrío recorrió la espalda de Ildaria, intenso, doloroso, mientras una profunda tristeza la llenaba...


Capítulo 5

 La Comadre sacó la última moneda de la pequeña bolsa, habían pasado los siete días estipulados y el joven no volvió. Estaban ya en el décimo día y no sabia como actuar, la joven Ildaria estaba con fuertes fiebres y hablando entre sudores fríos. Le apenaba echarla, sólo era una niña, una pobre niña. Pasó el resto de las noches junto a ella, intentando por todos los medios que tragara el caldo que le preparaba para que no perdiera todas sus fuerzas; pasados varios días despertó un tarde, casi al anochecer. Estaba desorientada, con la mirada apenada y anegada en lágrimas, no hacía más que repetir entre susurros palabras incomprensibles. La Comadre la calmaba con caricias en el pelo y hablándole cariñosamente, así estuvieron dos días más hasta que por fin Ildaria tuvo suficientes fuerzas para levantarse.

 Ildaria le contó a la Comadre su desventura, pidiendo ayuda y compasión; no pudo sino que ofrecerle sitio en la posada a cambio de trabajo, eso no era lo peor pensó Ildaria, lo más doloroso era saberse olvidada lejos de su hogar y su familia, junto a la cual no podría volver por tamaña injuria a su marido. No entendía en que saco roto habían caído todas las promesas, esos juramentos de amor eterno, no entendía el abandono por parte de Gonsalvo, qué le sucedió para no volver a por ella.

 Trabaja durante todo el día en la posada, limpiando, cocinando, sirviendo, cayendo rendida por la noche, mientras mirando las estrellas a través del ventanuco seguía haciéndose las mismas preguntas una y otra vez.

 Después de un mes, empezó a sentir mareos y sofocos, lo peor aun no había llegado,toda su vida recordaría a Gonsalvo, toda la vida tendría presente al hombre por el cual fue abandonada.


Capítulo 6

 El tiempo transcurrió, y poco a poco su cuerpo se transformaba en algo deforme con una nueva vida en su interior. Sentía como se movía, pataleando, pidiendo espacio en su barriga. Sus movimientos se volvían lentos y pesados, arrancando gritos por parte de los parroquianos desesperados al ver que no llegaba su comida. La Comadre sonreía y la mandaba a la cocina a sentarse un rato y descansar. Siempre que podía disfrutar de esos descansos, seguía buscando en el horizonte la silueta familiar soñada, su amado Gonsalvo, no comprendía aun qué había sucedido.

 La noche del nacimiento del pequeño la luna resplandecía llenando de luz su cara manchada, lloraba y tiritaba con los puñitos cerrados reclamando su alimento. Sus pulmones se llenaron de aromas otoñales, ropas sucias de comidas, sangre de su madre, lágrimas frescas de una madre frustrada.

 Dejaban al chiquillo junto a la puerta de la cocina mientras ellas trabajaban, entre plato y plato la Comadre le hacía carantoñas arrancando sonrisas a Ildaria al ver como lo mimaba. Viendo el cariño de la Comadre por el niño, le dio la satisfacción de ponerle ella el nombre, no sabía como agradecer la mujer, se sentía henchida e importante, no tuvo que pensar mucho, siempre dijo que si tenía un hijo le llamaría Diego.

 Diego crecía fuerte y gracias a la Comadre bien alimentado. Sus primeros pasos los dio junto al viejo perro que llegó un día de tormenta quedándose junto al calor del fogón, le consentía todo, desde los tirones de orejas hasta quitarle el hueso recién tirado que cogía entre sus viejos y amarillentos dientes. Solo de vez en cuando dejaba escapar un gruñido, más quejido que amenaza, por recibir demasiado fuerte el golpe sobre sus pobres carnes.


Capítulo 7

 La tarde llego antes de lo previsto, una gran masa de nubes negras cubrió el cielo, quitando el calor que recibían el perro y Diego tumbados junto a la verja que delimitaba el huerto. En el interior se oían a los contertulios discutiendo por algo que Diego no llegaba a entender sobre unas reformas o mejoras en no sabia que palacio para una casa de libros… Lo de los mayores le parecía siempre tan extraño. Apoyaba su cabeza sobre el lomo del viejo animal, ahora más entrado en carnes desde que andaba por la posada; le gustaba sentir su pelaje en su nuca, su calor envolvía su cuello mientras miraba a los pequeños pájaros revolotear en busca de migas.

 La ligera brisa empezó a enrabietarse dando giros violentos sobre los aleros del tejado, removiendo el polvo acumulado durante el seco verano, andaba Diego distraído viendo como caía la tierra sobre ellos, cuando el perro gruño poniéndole sobre aviso de que había algo que no andaba bien.

 Una mano fuerte le sujetaba por el hombro con firmeza, no lo vio llegar, girando la cabeza busco la mirada del que lo tenia sujeto, el perro ladraba con rabia, pero temeroso se mantenía a distancia. Nunca había visto una cara tan deforme, sus ojos estaban casi cerrados entre cicatrices, la nariz, torcida de una extraña manera le apuntaba como buscando la dirección donde debía dirigir la mirada, la boca semiabierta dejaba entrever varios dientes rotos por los que pasaba el aire silbante.

 Eres tan parecido al niño que fui… Sus palabras silbantes llegaban apagadas por el viento que se había levantado.

 ¿Quién era ese hombre? ¿De qué le estaba hablando? Mamá estaba gritando, no entendía nada, el hombre la miró y raudo se cubrió la cabeza con la capucha de su capa. Luego todo paso muy rápido, demasiado rápido.


Capítulo 8

 Ildaria observaba como lo alzaba en volandas; sus piernas, incrustadas en la tierra, la encadenaban a sus miedos; sus manos, retorciéndose sobre su pecho herido, sangraban de angustia; su voz rota, por mucho que lo intentara no conseguía articular ni una sola palabra; tanta mortificación alertó a los parroquianos de la taberna que, junto a la Comadre, salieron para dar cuenta de los lamentos, intentaron correr tras el jinete fugado; los vio pasar a su lado, raudos tras él; ya era tarde, el caballo galopaba sobre las angustias de Ildaria sin ninguna dificultad.

 Se alejaban, Diego advertía como las figuras se iban empequeñeciendo, sentía como los dedos de aquel hombre se clavaban en su cintura con fuerza y decisión para no dejarle caer. Y , sin embargo, no sentía miedo; algo, quizás la extraña familiaridad que sentía hacia ese hombre, lo mantenía tranquilo. Había algo en esos ojos semicerrados, heridos, llenos de dolor, que le recordaba algo; si, era esa mirada apenada con las que, a veces, su madre se perdía entre las sombras de sus sueños, la misma mirada perdida en los tiempos, la que se anegaba de lagrimas mientras agitaba su cabeza para alejar esas imágenes dolorosas.

 Lloraba junto a la Comadre, desconsoladamente, intuyendo que, desgraciadamente, quien se lo dio, se lo estaba arrebatando. Entre lamentos, preguntaba porqué Gonsalvo estaba actuando así, y qué le había pasado; entre cicatrices lo recordó. La Comadre, estupefacta, no daba crédito a lo que acababa de ver; pero lo más increíble era oír a Ildaria nombrar al señor, que años atrás, la había dejado en sus manos; no daba fe de que, al que acababa de ver, fuera la misma persona. Ildaria, hincada de rodillas en el suelo, se lamentaba. Debía salir tras ellos, necesitaba hablar con él…

 Lo miraba, curioso, al ver que el chico no estaba asustado; sus miradas se cruzaron, sonriéndole Diego, se tranquilizó y relajó la presión en las riendas; el caballo reacciono aflojando su paso. Fue Diego el que rompió el silencio; quería saber quién era, dónde le llevaba, porqué no pudo despedirse de su mamá. Gonsalvo, rompió en carcajadas ante la naturalidad del muchacho. Sentía una extraña simpatía hacía el chico, algo que le hacía sentir bien, sus facciones le traían viejos sueños, fantasías en los que él e Ildaria se amaban bajo las estrellas cubiertos con una capa.

 Ya anochecía cuando llegaron a un pequeño monasterio. Gonsalvo pidió cobijo a los monjes, no sin antes, darse a conocer como señor de la comarca. Les dieron un pequeño aposento para las visitas, muy humilde, conforme a las reglas de la congregación; también les ofrecieron vianda. Mientras daban cuenta del pescado seco y el vino aguado, Gonsalvo le prometió que, a la mañana siguiente, le contaría todo. Sabría la verdad. Pero ahora debían reponer fuerzas y descansar.