miércoles, 19 de enero de 2011

Pasión y oración

Pasión adormecida, cual flor a medianoche
sin poder evitar, hiere
la carne dolorida
temblando, como hoja perdida.

Perdida, en el tiempo de espera
toda la vida transcurrida
mientras oras al atardecer
frente al crucifijo, igual que ayer.

Rezas, por volver a verlo
a ese amor perdido
que seguiste, como loca
cuando descubriste su huida.

Ahora tiemblas, con pasión
cuando lo oyes decir el sermón
y recuerdas sus manos cálidas
recorrer tu piel, adoras.

Adoras el recuerdo
adoras el dolor
lo que más te estremece
recorre tu interior.

sábado, 15 de enero de 2011

La bordadora

Sentada tras los cristales, observo
el tiempo volar sobre tu pelo
cual minusculas motas de polvo
pintar poco a poco,
el cabello ajado
de experiencia vital;
retomas el trabajo olvidado
sobre tela colorida
por tus manos
antes joviales
trabajar lentamente,
mientras tus cansados luceros
se esfuerzan entrecerrando
la mirada perdida en la aguja,
bordando una nueva vida
dormitando en la cuna.

sábado, 8 de enero de 2011

Estrella

 Lo vi como se alejaba por la carretera, tan pequeño e indefenso. ¿Cómo es que nadie se paraba a recogerlo?. El, iba mirando a un lado y a otro, como si no fuera algo nuevo, acostumbrado ya al trajín de la carretera. Los coches pasaban por su lado, indiferentes, sin cuidado; alguno frenaba como si se apenara, pero luego, arrepentido, volvía a acelerar.

 Ya llevaba andados un par de kilómetros, partió temprano, antes de que se levantaran la gente del pueblo. La noche anterior había cenado bien, fue bien recibido en esa casa, la que estaba más apartada. Por un momento pensó en quedarse, pero su espíritu era aventurero, y no le apetecía atarse a ningún lugar.

 Su intención era andar hasta el próximo pueblo, quizás ahí, tuviese suerte y también encontrase alguna alma caritativa que se apiadase de su joven cara, demacrada y sucia por el camino. Le ayudaba el que se le notaran las costillas, sobresalientes arcos en su lomo de pelo polvoriento; le faltaba algún diente y alguna legaña rebelde, se obstinaba en no moverse de su ojo izquierdo. De las dos orejitas, una andaba caída y de la otra perdió la punta en una pelea, dura pero necesaria en la vida para subsistir. Su cola siempre estaba en lo más alto, demostrando su orgullo de valiente aventurero. No le faltaban agallas y, a pesar de su poca altura, no dudaba en erizar el pelo del cuello ante un compañero mayor que él, echaba sus orejas hacia atrás, encogía sus patas traseras y se preparaba para saltar en cualquier momento al cuello del que osaba desafiarle.

 Perdido en sus pensamientos, cruzó el puente de su nuevo destino, el camino se hacia más corto si no prestaba atención a esos aparatos ruidosos que se obstinaban en pasar rozándolo. Las casas eran de construcción baja, un piso a lo mucho de altura; en la entrada, una fuente servía de juego a los niños que corrieron a su encuentro en cuando lo vieron. El se freno, ya sabía por experiencia que no debía fiarse de esas criaturas. Solían tirarle del pelo o las orejas y el rabo, y si estaban muy aburridos le tiraban piedras; él les gruñía y se alejaba, no quería problemas con los mayores que eran mucho más crueles.

 Siguió por un camino lateral, seguramente llevaría a alguna casa apartada, como siempre, ahí no solía tener problemas. Cuando la vio, notó algo extraño, como si la tristeza hubiera cubierto la casa con un manto oscuro. Se llegó hasta la puerta, estaba entreabierta y se atrevió a cruzarla. El interior estaba a oscuras, al final del pasillo que tenía a su derecha se veía una luz, la curiosidad le pudo y, cautelosamente, se dirigió hacia allí. Asomo su pequeña cabecita para ver el interior de la habitación; había un gran baúl con muñecas de trapo que asomaban de su interior, más allá, una cama enorme con unas barreras que contenían un leve murmullo. Dando pequeños pasos y agazapado para no hacer ruido se fue acercando; junto a la cama, una silla, si daba un salto podría subirse a ella y ver que era ese murmullo.

 Subido a la silla y apoyando las patitas sobre la cama la vio, era muy bonita, sus ojos eran diferentes, le miraban de otra manera, movía su boca nerviosamente mientras emitía ruiditos extraños, pero no le asustaba, porque estaba sonriendo. Tenia los brazos semicruzados sobre el pecho, cuando lo vio, estiró su mano izquierda hacia él, pero no llegaba. Dándose cuenta de que la niña lo intentaba tocar estiro su cuello entre los barrotes para ayudarle. Estaba tan calentito y era tan agradable, nada que ver con las muñecas que le daba su madre, frías y sin vida. Animado por el contacto, salto al interior de la cama y se acomodo junto a ella, dirigiendo su mirada a la niña para que no se incomodara. Ella sonreía y, sin poder evitarlo, un hilillo de baba resbalaba por la comisura de sus labios; al momento él se quedo dormido, el cansancio y el calor que recibía le ayudo a cerrar los ojos confiadamente.

 Cuando despertó, una gran luz iluminaba las habitación, entraba por la ventana y levantando los ojos vio a la niña semisentada mientras alguien le daba de comer. Un gran trapo le cubría el pecho y su mano no paraba de juguetear con su lomo. Siguió la cuchara que aparecía y desaparecía hasta llegar a un plato repleto de papilla; tras el plato, una cara rechoncha con coloretes muy sonriente. Lo vio despertarse y mirar a la niña, luego, quizás aguzado por el hambre, siguió el movimiento de la cuchara con que le daba la papilla a Estrella; estaba sucio y muy delgado, no sabía como había llegado hasta ahí, pero no le importaba, era la primera vez que Estrella estaba tan animada y comía sin reparos. Sabía que era un regalo de algún ángel de la guarda que lo había hecho llegar hasta ellas. Su marido las abandono cuando Estrella nació;  ni siquiera espero a que saliera del hospital, el medico le explico que la parálisis era de por vida y que no existía ningún tipo de cura; necesitaba todos los cuidados del mundo, pero es su hija y no le importa, la trajo al mundo y cuidaría de ella hasta que Dios se la llevara.

 Se sentó sobre sus cuartos traseros y ladeó su pequeña cabeza, el hambre le empezaba a incomodar. Ella, como si se percatara de lo que le pasaba dejo el plato de papilla sobre la mesita y se fue. Al momento volvió con un plato más pequeño, también lleno de papilla y se lo coloco sobre la cama para que comiera. Olía bien, y tras catar  un poco con la punta de la lengua comprobó que sabía mejor. Estrella reía al verlo comer con tanta devoción, y mucho más cuando relamía el plato en busca de sobras.

 Aquella noche estaba de guardia, el cielo estaba despejado y a través del cristal del viejo consultorio podía ver las estrellas claramente. Eran poco más de las once cuando recibí el aviso, se trataba de Estrella, le había dado otro ataque y parecía que no remitía. Salí a toda prisa con el Land Rover; cuando enfile la carretera, a la salida del pueblo, volvió a mi memoria ese pequeño perro que días atrás vi marcharse temprano, me preguntaba dónde podría estar. Llegue en un momento, ya que de un pueblo a otro había poca distancia. Deje atrás la fuente de la plaza para entrar en el camino que salia a la izquierda, la casa estaba toda iluminada; Joana salió justo al parar el motor, estaba lívida y temblorosa; balbuceaba algo que fui incapaz de entender hasta que llegue a su altura: Se ha ido, se ha ido, se...ha ido. Esta última vez lo dijo en un susurro, como si no quisiera oírse a ella misma.

 El dolor le atravesó la espina dorsal mientras la miraba irse, levanto su pequeña cabezita y dio rienda suelta a sus sentimientos comprimidos en un aullido.

miércoles, 5 de enero de 2011

Margaritas blancas

 Aparecen muertas, a tus pies amarillentos, las margaritas antaño blancas; buscas un culpable entre la soledad silenciosa que te rodea, solo el gorgojo de un gorrión, perdido o despistado, da vida a este lugar olvidado, lugar de olvidos.

  Te sientes perdida, pues día tras día se repite la misma monotonía. Te despiertas, entre la oscuridad de la madera y la claridad del alba; lentamente, intentas recordar donde estás y porque, los recuerdos son borrosos, incluso una vez despierta. Luego, aun descalza, pues perdiste los zapatos en algún lugar entre la ida y el despertar, te das un paseo por la tierra fría y húmeda por el  rocío; sueles cruzarte con otros en tu misma situación, gente de pocas palabras, simplemente saludan con un leve movimiento de cabeza; algunos, aun desorientados y asustados, como tu la primera vez, buscan o llaman a un familiar, lloran y gimen sin consuelo, hasta que alguna alma caritativa se acerca y les consuela; pero solo una vez, es la ley de los que no están, luego, debéis seguir vuestra nueva vida hasta que logréis cruzar el portal que, por alguna extraña razón, no podéis cruzar.

 Ayer echaste de menos al señor del traje negro, aquel de mostacho vigoroso, que andaba pavoneandose. Aunque últimamente lo veías más vivo, como si sus ojos ya no estuvieran apagados; decía, que andaba buscando su verdad y así, podría cruzar el portal.

 La verdad de uno mismo, piensas mientras sigues observando las antaño blancas margaritas. Levantas la vista y ves como el portal desprende leves rayos blancos; te extrañas de poder verlo tan claramente, siempre está lejano y borroso, como el día en que llegaste aquí. Mi verdad, piensas, y con un respingo el portal brilla un poco más... Si, la verdad que debes buscar, tienen que ver con esas margaritas, ahora amarillentas y arrugadas. Las miras de reojo, y viejos recuerdos vuelven a tu memoria fugazmente; oyes unos gritos en tu cabeza, lejanos en el tiempo: unos sollozos, unos lamentos; se mezclan con imagenes de sabanas blancas, mortecinas agoreras.

 Todo te da vueltas, como antigua migraña atacando tus sentidos, ahora vivos de nuevo, y aparecen ante ti todos los que añorabas y pensabas volver a ver en este lugar. Sientes un leve roce en tu cara, húmedo y tibio, y un leve escozor en los ojos, lloras de nuevo;  ya no eres tu, sino aquella niña que corría por el parque en busca de los brazos de su abuelo. Lo ves acercándose a ti, con sus brazos abiertos mientras tu corres dando pequeños pasos, asaltada por los hipos del sollozo, todo se vuelve grande, o ¿eres tu la que empequeñece?. No te importa, solo sientes alegría mientras la luz te envuelve, lentamente, sigues dando saltitos entre el césped húmedo sembrado de margaritas blancas y de un bote, te cuelgas del cuello de tu abuelo; él te hace mirar atrás, y puedes ver a los que dejaste, recogiendo aquellas margaritas antaño blancas y sustituyéndolas por unas frescas recién cogidas. Quien las lleva es la pequeña, sigue tan cabezona como siempre, piensas, tu madre cogida del brazo de tu marido la observa y suspira. Todos sonríen, como si supieran que tu, ya no estas ahí.

 Todos te imaginan corriendo entre margaritas blancas mientras tu abuelo canta una vieja habanera.