miércoles, 5 de enero de 2011

Margaritas blancas

 Aparecen muertas, a tus pies amarillentos, las margaritas antaño blancas; buscas un culpable entre la soledad silenciosa que te rodea, solo el gorgojo de un gorrión, perdido o despistado, da vida a este lugar olvidado, lugar de olvidos.

  Te sientes perdida, pues día tras día se repite la misma monotonía. Te despiertas, entre la oscuridad de la madera y la claridad del alba; lentamente, intentas recordar donde estás y porque, los recuerdos son borrosos, incluso una vez despierta. Luego, aun descalza, pues perdiste los zapatos en algún lugar entre la ida y el despertar, te das un paseo por la tierra fría y húmeda por el  rocío; sueles cruzarte con otros en tu misma situación, gente de pocas palabras, simplemente saludan con un leve movimiento de cabeza; algunos, aun desorientados y asustados, como tu la primera vez, buscan o llaman a un familiar, lloran y gimen sin consuelo, hasta que alguna alma caritativa se acerca y les consuela; pero solo una vez, es la ley de los que no están, luego, debéis seguir vuestra nueva vida hasta que logréis cruzar el portal que, por alguna extraña razón, no podéis cruzar.

 Ayer echaste de menos al señor del traje negro, aquel de mostacho vigoroso, que andaba pavoneandose. Aunque últimamente lo veías más vivo, como si sus ojos ya no estuvieran apagados; decía, que andaba buscando su verdad y así, podría cruzar el portal.

 La verdad de uno mismo, piensas mientras sigues observando las antaño blancas margaritas. Levantas la vista y ves como el portal desprende leves rayos blancos; te extrañas de poder verlo tan claramente, siempre está lejano y borroso, como el día en que llegaste aquí. Mi verdad, piensas, y con un respingo el portal brilla un poco más... Si, la verdad que debes buscar, tienen que ver con esas margaritas, ahora amarillentas y arrugadas. Las miras de reojo, y viejos recuerdos vuelven a tu memoria fugazmente; oyes unos gritos en tu cabeza, lejanos en el tiempo: unos sollozos, unos lamentos; se mezclan con imagenes de sabanas blancas, mortecinas agoreras.

 Todo te da vueltas, como antigua migraña atacando tus sentidos, ahora vivos de nuevo, y aparecen ante ti todos los que añorabas y pensabas volver a ver en este lugar. Sientes un leve roce en tu cara, húmedo y tibio, y un leve escozor en los ojos, lloras de nuevo;  ya no eres tu, sino aquella niña que corría por el parque en busca de los brazos de su abuelo. Lo ves acercándose a ti, con sus brazos abiertos mientras tu corres dando pequeños pasos, asaltada por los hipos del sollozo, todo se vuelve grande, o ¿eres tu la que empequeñece?. No te importa, solo sientes alegría mientras la luz te envuelve, lentamente, sigues dando saltitos entre el césped húmedo sembrado de margaritas blancas y de un bote, te cuelgas del cuello de tu abuelo; él te hace mirar atrás, y puedes ver a los que dejaste, recogiendo aquellas margaritas antaño blancas y sustituyéndolas por unas frescas recién cogidas. Quien las lleva es la pequeña, sigue tan cabezona como siempre, piensas, tu madre cogida del brazo de tu marido la observa y suspira. Todos sonríen, como si supieran que tu, ya no estas ahí.

 Todos te imaginan corriendo entre margaritas blancas mientras tu abuelo canta una vieja habanera.

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Una imagen que nace tan plena, tan perfecta, tan justa. El correr entre margaritas blancas.
Gracias.
Te dejo un abrazo.
Alicia