domingo, 27 de abril de 2008

Baile de máscaras

La tenue luz de la luna bañaba el majestuoso jardín; suaves notas impulsadas por la brisa correteaban entre las hojas y flores, escapando del griterío de palacio, con el lento balanceo de un vals.
El camino principal, desde la entrada del jardín hasta la puerta del suntuoso edificio, estaba iluminado por pequeñas antorchas clavadas en el césped.
Dos jóvenes correteaban, persiguiéndose, riendo y gritando, arropados por el aroma nocturno.
-¿Quién sois? ¡Decidme!
- No os lo diré, caballero. Pero si lo adivináis... ¡Os premiaré!
Abandonaron el camino. ocultándose de las indiscretas miradas tras los árboles, gritando nombres el, negando ella; hasta que se entregaron uno a otro entre las sombras.
En cada escalón de la amplia escalinata, pequeñas farolas sobre la piedra pulida invitaban con suaves parpadeos a traspasar el umbral, abierto a todo aquel que llevara una máscara.
Sedosas telas caían por las paredes cual cascadas multicolores. Hermosas lámparas de araña emitían destellos fugaces a la luz de las velas. El suelo cubierto de finas alfombras, representando escenas eróticas, abrían camino hacia el gran salón iluminado de luz. La música recorría cada rincón lentamente, bailando sobre el piso esmaltado, con suaves giros.
Todos enmascarados, a imitación de aves o fieras, los más pretensiosos como dioses griegos o romanos, Tragedia y Comedia. Danzaba el perro con el gato, el gorrión con el gavilán, un viejo león abrazado a una gacela; todos en perfecta armonía. Sirvientes ataviados con blancas pelucas de rizo ancho, cargaban bandejas repletas de copas o dulces. Risas y voces se levantaban sobre las notas para dejarse oír. Un búho barrigón saltó sobre un ratón que mostraba sus encantos en un amplio escote, escabulliéndose tras una gruesa cortina color burdeos; mientras, Baco los miraba con ojos embriagados del cálido caldo con el que era adorado.
Repentinamente la música ceso, gritos y risas se fueron acallando convirtiéndose en murmullos, dejando oír las últimas campanadas anunciando las doce. Alguien, al fondo del gran salón , alzo los brazos y grito:
-¡Es la hora del gran juego!
Un grito unánime lleno de júbilo estalló ante la noticia de Selena. Salieron todos al jardín, las antorchas ya extinguidas, la luna jugaba con su luz entre las ramas, formando grotescas sombras; pronto, muy pronto, ellos formarían parte de ese juego salvaje, transformándose en animales enmascarados, mientras se abandonaban a la lujuria.
Se acomodó Selena en los brazos de Baco, al pie de la amplia escalinata, cómplices de todo aquello, satisfechos, mientras se abandonaban a su propio juego entre susurros, derramando placer...
Al alba quizás todo pareciese un sueño confuso y húmedo, perdido en un jardín ajeno.